Primero lo primero.
El era Semit, y recibía cartas de esa mujer cada lunes por la tarde; cartas que terminarían en la papelera, manchadas de tinta, en el piso, en el retrete.
Ella se fue, él se quedó. Semit volvió la vista y pudo observarla agitar una mano para decir adiós. Que ella le satisfacía las demoras: le era completamente indispensable.
Le gustaba hacerse el difícil, para recordarle a ella que las horas eran cortas cuando la esperaba, la miraba por accidente en el corredor o el roce secreto por debajo del suéter. Esperaba que pasara ella, que no era la más guapa del mundo, como Sabina dijo. Semit no tenía mejores intenciones; una, dos, tres miraditas a lo mucho, luego se acabó: esa era su idea del amor.
Ella lo quería, y él... bueno, él se llamaba Semit.
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Hace 2 meses